martes, 12 de octubre de 2010

El humanismo gana el Nobel

La literatura es la reserva actual del humanismo. La universidad, el pensamiento, la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la danza, incluso la medicina, abandonaron al humanismo como si se tratara de una reliquia trasnochada. Solo las letras se resisten, en su modalidad clásica o en la actual de periodismo literario.
El ideal humanista se reconoce en la defensa de la dignidad de todas y cada una de las personas. Allí donde un hombre exista, el humanista intentará seducir con su atractivo mensaje: todo hombre es una novedad en la Historia y merece todos los desvelos del resto para preservar su dignidad y libertad para que pueda conocer por sí mismo la verdad.
Estamos estos días de enhorabuena porque la Academia Sueca que concede los premios Nobel, ha otorgado a dos escritores humanistas, sendos galardones. El de Literatura para el hispano-peruano Mario Vargas Llosa y el de la Paz para el chino Liu Xiabo.
Nuestra civilización occidental sólo tiene salvación con los escritores. Sin ellos proponérselo, deben custodiar la verdad sobre el hombre moderno que encuentra en lo “light” y en lo “políticamente correcto” sus caminos de evasión y sus caricaturas de pensamiento.
A Mario Vargas Llosa lo conocemos extensa e intensamente por su defensa de la libertad y la dignidad de las personas a través de sus múltiples escritos en forma de ensayo, de novela o del relato corto del siglo XXI, que no es otro, que el artículo periodístico. No me detengo en él.
Liu Xiaobo era un perfecto desconocido para todos nosotros hasta hace unos días. Es profesor universitario y escritor. Está cumpliendo una condena de 11 años en la cárcel de Jinzhou por haberse atrevido a pedir la democracia en China. Espero que este galardón le facilite su liberación. Al estilo de lo que hicieron los intelectuales checos con su Carta 77, capitaneados por el gigante intelectual Hacvel, para derrocar a los comunistas, Liu propició la Carta 08, un documento muy rico en el que se demandan diferentes acciones encaminadas a que China se convierta en la mayor democracia del mundo. A este manifiesto se sumaron 8000 personas. Una gota de agua en el océano, pero eso sí, una gota transparente.
El profesor Xiaobo, como tantos escritores que no han renunciado a estar en el lado de la libertad, la dignidad y la verdad, fue profeta cuando escribió: “cuando te enfrentas a un sistema autoritario, el primer paso hacia la libertad es un paso a la cárcel”.
El humanismo tiene futuro, y nosotros con él, si todavía hay alguien en el mundo, que desde una miserable cárcel perdida en la inmensidad de la China comunista, puede bucear en su dignidad y escribir: “El odio actúa como un corrosivo para la sabiduría y la conciencia de una persona”.
La Academia Sueca este año, sin ellos quererlo, han dado aire a la figura del escritor humanista comprometido. Y yo con estos pelos.

De cohetes, apéndices documentales y otros relatos

El otoño fue el principio de todo. Después vino el plomo y la plata, la Batalla de las Navas de Tolosa, La Peñuela, San Juan de la Cruz, Olavide, los ilustrados, los colonos, los hijos de la Francia, que salieron por  pies, los intendentes, el fuero y la madre que nos parió a cada uno de nosotros. La Carolina se reconoce en su frío, la defensa de su sierra y su identidad, el amor a los frailes calzados y descalzos que mimaban las piedras y las almas, su devoción al santico, poeta universal y fiel siervo de Dios, su gusto por lo ilustrado, su carácter acogedor, su respeto al diferente y sus cojones de minero que fuma “caldo de gallina”, bebe aguardiente del barato y ahoga las penas entonando una taranta.
El carolinense es un hombre curtido que tiene en su “adn” su afán por lo ilustrado, la piedad sencilla de los frailes descalzos y su interés por emprender empresas ambiciosas, bien en las entrañas de la tierra o en el interior de las mentes. Nos gustan las personas, no nos reconocemos en la soledad y el retiro. De ahí, que La Carolina haya sido madre de tantos hombres y mujeres que han querido escribir en las páginas de la Historia en sus párrafos relevantes y no sólo en notas al pie de página.
La Carolina es grande porque los carolinenses no pueden, ni han querido nunca, ser pequeños.
Cada mes de Noviembre, nuestro pueblo se para por un momento y recuerda a su San Juan de la Cruz, que en el mundo es poeta y místico de altos vuelos y que se hubiese valido sólo para llenar nuestro Siglo de Oro, y para nosotros es nuestro patrón, mediador y frailecillo cercano, que quiso a nuestra tierra como sólo saben querer los santos. Cuanto más cerca estemos de nuestro patrón, seremos más respetuosos con nuestros orígenes, y podremos seguir emprendiendo las empresas que nos son propias.
Este año, Noviembre tiene una significación especial para todos los que nos sentimos “sanjuanistas”. Nuestro querido Carlos Sánchez-Batalla Martínez no podrá glosar las delicias de su amado frailecillo, porque partió recientemente a cantar con él maitines al cielo.
Carlos ha representado lo exquisito de La Carolina. Maestro, historiador, escritor y padre, ha sido un gigante ilustrado en un pueblo al que conocía en pelotas. Nada de lo carolinense le era desconocido al gran Carlos. Con su impenitente interés por los temas de nuestro pueblo, fue buceando en piedras, legajos, libros y personas, para ir construyendo una calzada por la que el resto pudiéramos transitar de forma tranquila y segura. Con la sencillez del peón caminero, ha ido depositando piedra histórica a piedra, en este camino que todos reconocemos ahora como propio y sentimos tan cercano y conocido. Comenzó por el Paleolítico, siguió con las piedras que conformaron la Peñuela, se sentó a la mesa de Olavide, discurrió por nuestro movido siglo XIX, nos mostró al detalle su siglo, y se asomó al siglo XXI.
El trabajo de Carlos es muy relevante por lo extenso y por lo intenso de su alcance. Sin duda, es el  carolinense que más ha contribuido a la historiografía de nuestro pueblo. Desde el trabajo callado, sin ningún tipo de oropel y excipientes añadidos, ha construido con sus trabajos la historia que los carolineneses necesitábamos.
San Juan de la Cruz fue para él por un lado, su mediador espiritual, y por otro, fuente inagotable de inspiración para todo tipo de investigaciones históricas. Sabemos que acudió a la intercesión del santico en muchas ocasiones, como en aquellas fiestas  en su honor del año 1979.  Por falta del cohetero oficial, se atrevió a  asumir esa responsabilidad y tras varios intentos sin problemas, llegó el cuarto lanzamiento y éste se dirigió en dirección a los feligreses. Sin duda, gracias a la devoción verdadera de Carlos, San Juan de la Cruz obró el milagro e hizo estrellarse a este cohete juguetón contra una de las escasas piedras que había en la calzada, evitando así todo tipo de daños para la feligresía. Desde aquel año Carlos siempre optó por la pluma y no por los cohetes. Así cada Noviembre, en el libro que reúne las loas al santico en la conmemoración de las fiestas patronales, su contribución era constante y siempre relevante.
Puedo afirmar que su contribución al estudio de La Peñuela y San Juan de la Cruz que aparece en el primer tomo de su colosal obra “La Carolina en el entorno de sus colonias gemelas y antiguas poblaciones de Sierra Morena” es la más importante hecha desde la investigación histórica rigurosa y no ha sido superada por ninguna otra. Gran parte de lo que sabemos de los temas “sanjuanistas” se lo debemos a su estudio y erudición. Sus apéndices documentales son auténticas joyas que tejen el collar intelectual que nos prepara para el gran evento que es encontrarnos con nuestra historia local. Sus apéndices, sus notas al pie, su bibliografía consultada, son las semillas para estudios postreros, que no deberán olvidar nunca la procedencia original de las primeras aportaciones realizadas por Carlos. Los escritos históricos de Carlos Sánchez-Batalla son la cortesía de lo exquisito, son el fruto del interés y la generosidad del ilustrado.  Carlos ha sido el Intendente de la historia, el Olavide de los legajos, el Ondeano de los mapas, el hermano mayor de la Hermandad de San Juan de la Cruz.
La Carolina es más carolinense desde que Carlos decidió escribirle. Descanse en paz.

domingo, 3 de octubre de 2010

Homenaje a David Palmer

Mi serie televisiva favorita es "24 horas". Los motivos son múltiples, por su propuesta escénica, su impresionante producción, por sus magnificos actores, etcétera. Entre todo el elenco de actores que han desfilado por las ocho temporadas de la serie, destaco el trabajo de Dennis Haysbert como David Palmer. Su papel es el del primer presidente negro de la historia de EEUU. Me gusta su firmeza en sus convicciones, la apuesta permanente por el camino correcto, su sensibilidad ante las personas, su amor por la verdad. Me hubiese encantado trabajar con una persona como él. En una época de crisis de liderazgo de barraca de feria, gracias a la Fox por mostrar a este tipo de personajes. Gracias David Palmer.

Presentación La Pretemporada

La Mode-Para tí

miércoles, 29 de septiembre de 2010

La moda y el polo


La moda es el atajo del perezoso. Las tendencias, las colecciones, las propuestas que nos son tan cercanas en la actualidad, tuvieron un inicio que tuvo mucho que ver con un poeta maldito, el sifilítico Baudelaire.
Sus “Flores del mal” fueron un monumento a la modernidad y por tanto a la inutilidad. Lo que supuso de revolución en el lenguaje, supuso un retroceso en el objeto de la poesía, como bella arte que acerca a los hombres a la verdad y la belleza. Y todo viene porque el poeta maldito francés pretendió convertirse en un “dandy”, y no se le ocurrió otra cosa que para convertirse en el mejor representante de esa tribu, en definir él mismo al “dandismo”. El conocido, yo me lo guiso y yo me lo como. Para Baudelaire el dandismo es una filosofía basada en el artificio y la inutilidad. En cuanto a su caracterización superficial el dandismo es, por encima de todo, un culto del yo. Se trata de un desdoblamiento gracias al cual el dandy se transforma a sí mismo en objeto; esto significa que el dandy  realiza un constante trabajo sobre su yo, una manipulación caprichosa y fabuladora, tanto en el plano físico como en el plano espiritual. Pero es un trabajo sin frutos, un trabajo que no conduce a ninguna parte, o mejor dicho, que le devuelve siempre al mismo punto de partida, la pura y simple afirmación del yo.
De aquellos polvos, nos encontramos ahora con estos lodos, donde la moda está por encima de la persona y sólo la necesita como sujeto consumidor. El culto al yo de la modernidad es oficio de perezosos y vanidosos.
Lo último en esta España ridícula es portar determinadas marcas de ropa que tienen como atractivo su relación con el deporte del polo. A Dios gracias, no se practica en casi ninguna parte por lo aburrido y caro que es, pero en España portar una prenda relacionada con el polo es signo de distinción y es una forma de aparentar en sociedad. Aunque éste sea del mercadillo de Fuengirola.
Invito a los creativos españoles a que fabriquen ropa con la inspiración de la petanca como deporte a fomentar y que utilicen el distintivo de “La Felisa”, así damos un poco de por saco a los poetas de la fatuo y le hacemos la puñeta a tanto pijo aburrido.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Ángel Lara tiene quien le escriba

Leon Tolstoi fue el escritor de los quinientos personajes. Todos ellos cupieron en su inmensa novela, “Guerra y paz”. Obra que toma como excusa la invasión de Rusia por Napoleón en 1812. Ni el mismísimo emperador francés se hubiese atrevido a encargar a la joven esposa del escritor ruso que copiara el manuscrito siete veces. Encargo que la sufrida Sofía recibió con paciencia y resignación.

Los humanistas le debemos mucho a Tolstoi. Se atrevió a escribir la incómoda obra titulada “La muerte de Ivan Ilich”. Todo un tratado sobre la psicología del enfermo. El escritor ruso escuchó un día maravillado el relato de la vida y muerte de Ivan Ilich Menchivov. Este magistrado del tribunal de Tala había fallecido por un cáncer abdominal en 1881. El hermano del difunto se acercó al escritor ruso y le contó su historia. Tolstoi construyo una obra breve, pero muy dura, que fue poco comprendida en su tiempo. Su lectura es obligada para cualquier profesional de la salud que tenga afán de ser un humanista.

El personaje que siempre me ha cautivado de “La muerte de Ivan Ilich” es el de Gerasim. Era un joven humilde, ayudante del mayordomo del juez, que tenía el encargo inicial de llevarse los excrementos del enfermo. El magistrado no era un enfermo sencillo, pero el lacayo supo ganarse su confianza. Escribe Tolstoi sobre tan comprensivo sirviente: “Gerasim era el único que no mentía, y en todo lo que hacía mostraba que comprendía cómo iban las cosas y que no era necesario ocultarlas”. El joven tuvo el honor de pasar noches sosteniéndole las piernas al enfermo, sólo porque sabía que esta posición aliviaba y paliaba sus dolores. Ningún afamado médico, tuvo la intimidad que tuvo Gerasim con el enfermo, ni nadie alcanzó nunca a conocer al magistrado como lo hizo el joven ayudante de mayordomo.

Siempre he pensado que Gerasim representa el modelo de servicio al que cualquier profesional sanitario debe aspirar. El que se reconoce en la verdad, tiene por privilegio el poder servir a los demás y procura ser profundamente humano cuando se encuentra ante la contradicción.

Yo he tenido la suerte de conocer a un Gerasim en Málaga. Tuve en un momento de mi vida profesional la gran oportunidad de trabajar en el Hospital Materno Infantil de Málaga, cuando éste cumplía 25 años. Allí conocí a Ángel Lara, un hombretón joven, que comenzó a trabajar como celador cuando el centro sanitario se inauguró. Por su buen hacer, su preparación profesional y sus ganas de prosperar, lo encontré en el Materno siendo Jefe de Celadores. Sus compañeros lo respetaban muchísimo, y el resto de protagonistas del hospital, médicos, enfermeras, auxiliares, administrativos, personal de mantenimiento y limpiadoras, entre otros, le otorgaban la autoridad que él se había ganado con la palabra amable, la gestión eficaz, la mano amiga y el silencio respetuoso.

Los directivos, también cuando yo lo era, olvidan con frecuencia que como en la cita bíblica de Sodoma y Gomorra, los hospitales funcionan día a día porque existen un puñado de hombres “justos” que lo hacen posible. Afirmo con rotundidad y con añoranza, que uno de los “justos” del Materno era Ángel Lara. Y que como él, en el colectivo de los celadores, encontré esas personas que hacen humano a un centro hospitalario. Los celadores son los mileuristas de un hospital que son ricos en generosidad y humanidad.

Un día conocimos que los dolores de espalda de Ángel se debían a que padecía una grave enfermedad. Yo había conocido hasta entonces a un gran hombre, pero desde el momento que compartí su dolor y su verdad, me encontré con un gigante. En esos difíciles momentos conocí a su familia, auténtico pilar para él, y tesoro que siempre quiso proteger.

La vida me llevó a tener que dejar en un momento determinado mi trabajo en mi querido “Carloshaya”. A los pocos días de mi partida, tuve un regalo postrero. Me llamó mi amigo Ángel. Se estaba enfrentando a los últimos meses de su vida y quería hacerlo con señorío. Como hombre justo, me llamó para darme ánimos en la travesía del desierto que había comenzado. Me ofreció el vaso de agua que necesitaba en aquel momento, como hacía Gerasim con el juez Ilich.

Se estaba muriendo y me estaba dando ánimos. Era la contradicción del justo. En esa última conversación que tuvimos, se despidió de mí como se despiden los hombres de buena voluntad. Tras colgar el teléfono lloré como sólo se llora cuando se quiere de verdad. Nos hicimos promesas mutuas que para nosotros quedarán para siempre.

Ángel Lara ha fallecido, y el dolor nos hiere a todos los que lo conocimos y quisimos. En sus casi treinta años de ejercicio profesional optó por las personas, por su cuidado, por la labor callada, sin recompensa. Muchas mujeres y niños del Materno están en deuda con él sin ni siquiera ellos saberlo, por su gran discreción y sencillez.

El patrimonio que nos lega es el de no olvidar que debemos poner el corazón en todo lo que hacemos. Parafraseando a León Tolstoi, “a un gran corazón, ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa.”

Ángel siempre me dio mi sitio, y yo no sé si supe dárselo a mi amigo. Intenté en muchas ocasiones mantenerle sus pies en alto, confío en que sintiera alivio. Descanse en paz, y que Dios le conceda su gloria.