lunes, 20 de julio de 2009

Verdades Arriesgadas (Pregón Taurino de Málaga 2009)

La esencia del toreo es torear. La lidia al toro bravo por parte de un torero en un ruedo es necesaria en el toreo, pero no es suficiente. Lidiar hace referencia al conjunto de suertes que se ejecutan con el toro, en el ruedo, desde que sale del toril hasta su muerte. Es un concepto que se correlaciona con el conocimiento del toro bravo y de las normas reglamentarias, mientras que la idea del toreo aspira a tener una vertiente artística, distante de todo precepto.[1] Son elementos constitutivos, y por tanto imprescindibles, para el toreo, el hombre y el toro bravo. Todo el resto, enriquece y completa el encuentro de estos dos protagonistas. Hombre y toro son los que definitivamente apuntan a la esencia de esta actividad convertida por nuestros antepasados en rito, cultura y tradición.
La Historia de España no puede entenderse sin los toros, y así lo entendieron todo tipo de poderes, divinos y humanos, y muchos de nuestros antepasados. El respeto a lo que ellos preservaron, a lo largo de siglos, y que han convertido en tradición cultural, no es hecho caprichoso, puntual o circunstancial. Los hombres gozamos con las tradiciones por tener la posibilidad en ellas de expandirnos emocionalmente con nuestros iguales. Respetamos conjuntamente aquello que hemos heredado de nuestros ancestros por considerarlo importante y auténtico, porque creemos que obtenemos una ganancia emocional que además puede ser compartida. Antonio Gala escribió estas certeras palabras, como gran conocedor de lo español: “Si algo hay arriesgado en la cultura –buena o mala ¿quién decide?- de los pueblos de España es la fiesta de los toros. Por lo menos en lo que yo entiendo como cultura: no la que hacemos, sino la que nos hace; no la que poseemos, sino la que nos posee. Aquí, en las ferias de los pueblos, solo hay dos cosas imprescindibles: una Virgen y un toro (…). La misma Iglesia ha tenido que inventarse que ciertos toros transportaron las reliquias de ciertos mártires a determinados umbrales de conventos para bautizar y apropiarse de una fiesta que no se iba a echar atrás por nada de este mundo ni del otro (…). El toro no es un animal para nosotros; es muchísimo más: un símbolo, un tótem, una aspiración, una eucaristía con los del alrededor y los antepasados. Al toro lo pulimos, lo alimentamos, lo sacralizamos, lo picamos, lo banderilleamos, lo matamos, lo aplaudimos o pitamos tras su muerte, lo descuartizamos, nos lo comemos y lo poetizamos y lo pintamos y lo musicamos. Quítese el toro de aquí y veremos qué queda. ¿Nos reconoceríamos sin la pasión en su pro o en su contra?”.[2]
Nuestra historia ha conocido todo tipo de barbaries y crueldades con el discurrir de los siglos, pero nunca ha encasillado al rito taurino como una actividad cruel con el animal o con el hombre. El final del siglo XX y el inicio de nuestro presente siglo ha sido el que ha asistido por primera vez a la calificación del toreo, por parte de determinados sectores minoritarios, de espectáculo cruel con el toro bravo que no contiene ningún elemento artístico en el desarrollo del mismo. La aparición de estos críticos coincide posiblemente con el desarrollo de una nueva sensibilidad frente al medio ambiente y los animales. En pos de una mayor armonía y convivencia entre las especies animales que habitan nuestro planeta, ha aparecido una nueva ideología que defiende el respeto real y efectivo de los derechos de los animales y del medio ambiente. La defensa de la hegemonía del hombre sobre la Naturaleza se ha convertido en tema controvertido, y comienzan a repensarse muchas de nuestras relaciones actuales con el resto de especies animales. Este nuevo ecologismo surgido en el final del siglo XX, ha propiciado la aparición de todo tipo de organizaciones que pretenden preservar nuestro medio y fomentar una relación, en muchas ocasiones de iguales, con los animales. Tanto es así que muchas personas han hecho de esta causa la razón última de su vida. La sociedad en general ha aceptado de buen grado la preocupación por este tipo de temas y ha fomentado el análisis de todo este tipo de nuevos paradigmas, en pos de apostar por una Humanidad y una Tierra con futuro. Es cierto también, que la sociedad en su conjunto exige un equilibrio en todo este nuevo escenario de relaciones entre nosotros, los animales y el medio ambiente, que excluya posiciones extremas, intransigentes y muchas veces esperpénticas, para que de ninguna forma se desnaturalicen las verdades ontológicas de la realidad del hombre y la creación.
En este contexto, no es difícil entender que los toros sean criticados desde algunos sectores, y su posición quede resumida en el siguiente lema antitaurino: “La tortura no es arte ni cultura”.
Todos estamos de acuerdo en que la crueldad con los animales es del todo innecesaria, gratuita y por tanto debe ser evitable. El toro, como cualquier animal, quiere estar en el campo, gozando de la libertad que le procura los límites de sus propios instintos. Y así lo hace durante prácticamente la totalidad de su vida.
Soy un ferviente aficionado a los toros. La muerte del toro en la plaza no me deja indiferente. Intento pensar y repensar en el tema. Puede que esté favoreciendo la crueldad ante estos animales y eso no me seduce en absoluto. La actualidad me brinda la posibilidad de defender mi humilde posición.
Los toros están dotados de dignidad animal. No se la deben de ninguna manera a la forma con que mueren sino a sus propias características ontológicas. El tipo de muerte de cualquier animal no le confiere más o menos dignidad. La muerte de un toro en una plaza a manos de un torero es tan digna como la que le procura otro toro en una dehesa. Podemos discutir sobre la crueldad de la misma, y sobre si es lícito hacer espectáculo público de la muerte o no. Es verdad que la propia naturaleza y la relación entre animales nos da ejemplos clarividentes de lo crueles que pueden ser unos animales con otros, y no por ello tenemos la tentación de intervenir en favor de la indefensa gacela cuando muere de forma aterradora entre los dientes de un león. Entendemos la muerte de los animales dentro de un contexto de supervivencia. Y así lo hacemos extensivo a la muerte que procuramos a los animales que entran en la cadena alimenticia del hombre, o ayudan al desarrollo de la investigación médica. Existe un equilibrio que de muchas formas intentamos salvaguardar dentro de unas mínimas normas de respeto a la dignidad de los animales. Algo parecido ocurre también con la caza. La caza no la inventan los aristócratas aburridos sino los hombres hambrientos. En estos días, como decía Ortega y Gasset[3], afortunadamente en la mayoría de los lugares desarrollados no se caza para matar, sino que se mata por haber cazado.
El toro bravo es una especie animal única, que es difícil de valorar fuera del marco de su lidia, donde posiblemente dibuje con mayor fiabilidad los contornos de su esencia última de fiera poderosa. Es injusto fijar únicamente nuestra mirada en los pocos minutos de vida de este animal en el marco de su participación en una corrida, y no observar el transcurso de su vida a lo largo de sus cinco años de vida en una dehesa. Nadie puede objetar que la vida del toro bravo, los cuidados que recibe, la libertad que se le procura, el respeto que se le concede, no es ejemplo magnífico de cuidado de los animales y del medio ambiente. Si los animales pudieran envidiar como lo hacen los hombres, no les quepa la menor duda que la vida resuelta de cualquier toro bravo sería foco de interés y de envidia por parte del resto de especies animales. Insistimos, es injusto valorar la vida que el hombre procura al toro bravo si sólo pusiéramos el foco en su última media hora de vida. Nadie entendería que a un caballo de carreras se le recordara por las trágicas circunstancias del sacrificio del mismo, debido a las importantes lesiones que se ocasionó en el seno de una carrera, por ejemplo, y no por la vida que conoció en su totalidad.
El toro bravo es una auténtica fiera. Con frecuencia se olvida este hecho. La desproporción entre la fuerza del toro y la del hombre en una corrida de toros es tal, que si no mediara la inteligencia y el arrojo del diestro, difícilmente sería soportable y por tanto creíble para el resto de los mortales. Nadie entiende como cruel la fiereza con la que un toro de lidia empitona a un frágil torero y en algunas ocasiones acaba con su vida. Todo se subordina a la fiereza y naturaleza animal del mismo. De una forma clarividente nos recordaba este hecho el conocido torero Ignacio Sánchez Mejías. En el año 1929, estando el diestro en Nueva York, fue invitado por el poeta Federico García Lorca a dictar una conferencia sobre el mundo de los toros en la Universidad de Columbia.



A lápiz y en papel del hotel Ausonia, donde se alojaba, redactó en una noche “su tauromaquia”, que al día siguiente debía exponer.
Ante un joven auditorio, Sánchez Mejías conocedor de que en el mundo anglosajón se tenía como cruel a la fiesta, no dudó en afirmar: “es necesario que sepa todo el mundo que el toro es una fiera; el día que la curiosidad del mundo repare en este pequeño detalle se hablará en otro tono de nuestras corridas de toros, de ese deporte viril de una raza, que hizo de este planeta que habitamos un paseo, porque nos ha acostumbrado a jugar con la muerte, entre los cuernos de los toros bravos”.[4]
De ninguna manera debiéramos obviar en relación a la fiereza del toro bravo otra característica importante del mismo, su preparación fisiológica para la lucha. Con más de treinta y cinco litros de sangre en su cuerpo, son muchos los veterinarios que explican que el sangrado de las heridas que se le infligen al toro a lo largo de la lidia, en ningún momento pueden ser consideradas como muy graves, ni serían nunca responsables últimas de su muerte, si no mediara finalmente la estocada y la puntilla. Hecho que se puede comprobar cada vez que un toro es indultado. Todos han podido, con los cuidados pertinentes, recuperarse perfectamente, y ejercer sus funciones de sementales con total normalidad.
En referencia al dolor que pueden percibir a lo largo de los breves minutos de su participación en una corrida de toros, conocemos hechos muy interesantes, que recientemente han sido sacados a la luz por la comunidad científica. El veterinario Juan Carlos Illera del Portal[5] y su equipo, estudió a más de 300 toros bravos lidiados en la plaza de “Las Ventas” de Madrid, con el interés de conocer la capacidad de respuesta de este animal único frente al estrés.
Las conclusiones del mismo han sido muy importantes y esclarecedoras. El toro de lidia presenta una respuesta hormonal diferente a otras especies de ganado vacuno, y su percepción del dolor en la corrida se ve atenuada por la gran cantidad de endorfinas que segrega. De igual forma descubrió este equipo de investigadores, que la cantidad de cortisol (hormona conocida por su función frente al estrés) que segrega un toro bravo en su lidia, es menor en ese momento que a la hora de ser transportado. Hecho por el que concluyen, que por las características específicas y diferenciadoras de este animal bravo, no percibe la lucha que entabla en una corrida como una situación especialmente estresante para él.
Esta especie animal reafirma su naturaleza en su fiereza a la hora de enfrentarse al “combate” y soporta por un lado esta situación de una forma normalizada para ella, y se defiende a nivel hormonal favoreciendo su resistencia al dolor.


Llegados a este punto, quisiera concluir esta introducción recordando que el fin último del toreo no es matar a un toro, tras infligirle todo tipo de daños. Se mata al toro por haberlo toreado, como culminación de un encuentro entre hombre y animal en el que está presente la muerte real de ambos y que caracteriza a la esencia misma de ese encuentro. No se persigue la crueldad gratuita con el toro, no es un fin en sí mismo. El toro es protagonista necesario en el rito taurino, que no se erige sobre el daño y la muerte del mismo, sino sobre una serie de principios que con posterioridad analizaremos. Podemos afirmar con rotundidad que el rito taurino es un encuentro cruento pero sin afán de ser cruel.


Nos ocupa desde este preciso instante, toda vez que hemos intentado mostrar nuestro respeto por el toro como animal y como protagonista del rito taurino, desvelar todo aquello que consideramos concierne al arte y belleza en el toreo.
El arte sabemos que surge entre los hombres por necesidad vital de los mismos, y no por un interés secundario o meramente accidental. La aspiración del hombre de superar la mera supervivencia y la vida de los instintos, es la base de esa necesidad vital. Todos tenemos ansia de eternidad, y así en cada uno de nosotros existe un impulso irreprimible por buscar la belleza y reconocernos en la verdad. No existe este impulso en ningún otro ser de la creación. La belleza y la verdad son sólo entendidas desde lo humano, por eso nos son tan cercanas. El arte surge y se desarrolla allí donde hay ese ansia eterna, incansable, de lo espiritual, de un ideal que hace que las personas se congreguen en torno al mismo. La sociedad de consumo pretende degradar el arte y ponerlo al nivel de cualquier objeto que tiene precio y por tanto se puede comprar. Lo importante no es tanto lo que se compra sino la posibilidad que tenemos de comprarlo. Desde esta perspectiva no existe nada en nuestra sociedad que no se pueda comprar, incluidas las personas.
Los girasoles representados en un lienzo, las siete notas combinadas en una partitura, no son siempre arte. Pero no porque no fueron pintados por Van Gogh o compuestas por Mozart, sino porque simplemente no contienen la razón básica de cualquier obra de arte: poseer sentido poético. Manida expresión que hace referencia a la acción humana que intenta desvelar otras realidades humanas con mayores sugerencias que la propia realidad aparente de las cosas.
Necesitamos encontrarnos continuamente con la belleza y la verdad. Esa belleza entendida como plenitud, como equilibrio necesario de las partes, que no deja sitio a que se pueda entresacar nada de lo percibido sin que sufra la totalidad, y esa verdad como opción única y radical del hombre regido por la aspiración de lo bueno. Decía el gran cineasta Andrei Tarkovski que “lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad”[6]



El arte en definitiva, se presenta como una revelación, como un deseo del artista, un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza, de su humanidad y de sus límites. Todo esto el artista lo reproduce en la creación de una imagen que de forma independiente recoge lo absoluto. Con ayuda de esta imagen que crea se fija la vivencia de lo interminable y se expresa por medio de la limitación: lo espiritual, por lo material; lo infinito, por lo finito. Se podría decir que el arte es símbolo de este mundo, unido a esa verdad absoluta, espiritual, escondida para nosotros y que intenta desvelar el sentido poético de las obras.
Charles Batteux en su obra del 1746, “Les Meaux-Arts réduits à un méme principe », acuñó por primera vez el término « bellas artes », que aplicó originalmente a la danza, la floricultura, la escultura, la música, la pintura y la poesía. Añadió con posterioridad a la arquitectura y la elocuencia. Desde ese primer momento, han sido continuas las inclusiones y exclusiones en esta primera lista de diferentes disciplinas por diferentes autores.
Ricciotto Canudo, considerado el primer teórico del cine, fue el primero en calificarlo como el séptimo arte en el año 1911.
Existe en la actualidad cierto consenso entre los autores en la confección de la siguiente lista de las “bellas artes”:

- 1ª La arquitectura.
- 2ª La danza.
- 3ª La escultura.
- 4ª La música.
- 5ª La pintura.
- 6ª La literatura.
- 7ª La cinematografía.
- 8ª La fotografía.
- 9ª La historieta. [7]

Como bien conocen, en este tipo de clasificaciones nunca se incluye a la tauromaquia. El filósofo español Victor Gómez Pin comenta al respecto: “la tauromaquia no es clasificable como arte por la sencilla razón de que este vocablo designa un conjunto de tareas humanas cuya realización y proyección social es perfectamente compatible con la persistencia en sus receptores de una abulia espiritual que la tauromaquia apunta a abolir. La tauromaquia no es, de entrada, clasificable como arte porque el arte en sus modalidades convencionales es excesivamente respetuoso con los parapetos que la cultura ha fraguado para evitar que se restaure la exigencia de verdad, la exigencia de desvelamiento, exigencia indisociable de una radical confrontación que es, de hecho, el motor originario de la obra de arte y lo único que le otorga legitimidad”.[8]
En una corrida de toros, el torero puede componer una obra de arte con unos engaños endebles frente a un animal salvaje de varias toneladas de peso, o puede simplemente representar un ejercicio circense. El dominio del tiempo, y de los terrenos, ayudado por la técnica, puede facilitar al torero que en su encuentro con un toro, exista verdad, y belleza, tejiendo una creación con sentido poético que reconforta emocionalmente a la personas que asisten al mismo, pero sobre todo al autor de tan singular proeza.
Soy de los que creen en los postulados de Albert Boadella[9], que defiende que los toros fundamentalmente pueden ser definidos en la actualidad como uno de nuestros últimos ritos, ya que sirven para expresar unos sentidos más complejos que los estrictamente fisiológicos. Todos los ritos nacen de la tradición, como en el caso de los toros, y analizamos en el principio de nuestra exposición. En muchas ocasiones los ritos pueden ser espectaculares pero no olvidemos que eso no añade nada a lo artístico. Arte y espectáculo casi en todas las ocasiones son materias dispares y en muchas ocasiones incluso contrapuestas.


Aceptando que los toros en circunstancias determinadas pueden convertirse en obra artística, y además su base conceptual corresponde a la de un rito, debemos hacer notar que no fue así en todo la historia de la tauromaquia. Si bien en el siglo XVIII, con el advenimiento del toreo a pie, se conformaron los elementos que constituían a la lidia taurina en un rito, no siempre la estética, la búsqueda de la belleza y el encuentro con la verdad constituyeron la esencia de estas primeras corridas de toros. Y en este instante debemos hablar de Lagartijo.
El diestro cordobés Rafael Molina “Lagartijo” fue el primer torero que introdujo elementos artísticos a su forma particular de lidiar los toros en el siglo XIX, hecho en el que coinciden los estudiosos. No se trataba ya del “arte del toreo”, sino de la aparición de cualidades plásticas en él, aparte de las emotivas que nunca se le regatearon, que aspiraban a ser consideradas como elementos de una “bella arte”, que admitía una formulación estética. El arranque de esta consideración artística fue sin duda la figura y la apostura de Lagartijo. Por ellas es el cordobés el primer torero que hace pensar en incluir el toreo entre las bellas artes.
En este tiempo aún no se habían dado cuenta los aficionados de que si el toreo había de tener una belleza autónoma, ésta había de consistir en una conjunción dinámica y acordada, en una armonía de los movimientos del toro y del torero, en una correspondencia entre la embestida ciega y el mando por el diestro del engaño que la modera; en una palabra, en el dominio ejercido por el temple. Este mundo estético que había de conocer posteriormente el siglo XX y XXI estaba entonces totalmente inédito. Pero Lagartijo, con su elegancia incopiable, que llega a nosotros en sus retratos, a cuál más distinguido en apostura y dignidad, lograba un estilo de belleza en los lances que el público captaba como un halago que transfiguraba la fiereza de la fiesta.
Todo debe entenderse en el marco de rivalidad existente en aquellos momentos con Frascuelo, cuyo toreo arriesgado y cargado de autenticidad tradicional, era el considerado toreo ortodoxo, que gustaba a la gran mayoría de público y aficionados.
El diestro cordobés fue trascendental en la evolución del toreo, su concepción técnica de la lidia no se diferenciaba de la entonces vigente, pero sí que introdujo los primeros elementos estéticos en ella.[10]
Con Lagartijo se introduce un elemento muy importante en las corridas de toros que es la transmisión al público. No se trataba en esos momentos de transmitir emoción sólo al tendido, se necesitaba entablar una comunicación con las personas que acudían al tendido. Ese es un elemento constitutivo más del toreo como disciplina artística. El arte tiene en su esencia una función profundamente comunicativa, puesto que la comunicación interpersonal es uno de los aspectos fundamentales de la meta creativa. El arte es un metalenguaje, con cuya ayuda las personas intentan avanzar la una en dirección a la otra, estableciendo comunicaciones sobre sí mismas y adoptando las experiencias ajenas.





Regresando por un momento a nuestro admirado Tarkovski, decía con gran profusión en sus escritos que “la creación artística exige del artista una verdadera entrega de sí mismo, en el sentido más trágico de la palabra”. Ese es otro elemento constitutivo del arte del toreo y que con frecuencia olvidamos. La entrega absoluta del torero a su quehacer le enfrenta a una ascesis del todo exigente y necesaria para su fin último. El gran maestro don Juan Belmonte explicaba la obligación moral del torero, a la que nos referimos, con gran claridad:
“Me convencí pronto de que el hombre consagrado de por vida a una actividad que ha sido siempre su razón de ser, no se satisface, ni mucho menos, cuando la riqueza le permite abandonar su lucha de muchos años. Uno cree que es desgraciado porque tiene que pelear sin descanso en su arte o su oficio y espera cándidamente que el día que tenga dinero será feliz descansando mano sobre mano; pero la verdad es que hay muy pocos hombres capaces de resignarse a ese bienestar burgués, que consiste en ver girar el sol sobre nuestras cabezas, bien comidos y bien descansados. No. Me convencí en pocos meses –tras una de mis retiradas- de que yo no servía para aquella vida, la lealtad a mis sentimientos se impuso. Yo lo que quería era ser torero”.[11]


Hemos encontrado en nuestro discurrir todos los elementos que entendemos hacen al toreo gozar de los honores que están reservados a las bellas artes: verdad, belleza, ansia de plenitud, sentido poético, deseos de comunicación y entrega del ejecutante.
La defensa del toreo como “bella arte” debe ser ejercida en primer lugar por los que son los creadores en esta disciplina, que no son otros que los toreros. En el principio de nuestra exposición comentábamos que existe un sector de la sociedad contrario a la celebración de las corridas de toros, pero hemos de decir que los enemigos del rito taurino no son sus detractores. Bien al contrario. Los toros pueden desaparecer si la verdad de su esencia se desnaturaliza por parte de los intervinientes en el rito. Si los toros son mermados en sus defensas, si la muerte que se le procura al toro es fruto de una mala técnica del diestro, si los toreros aspiran a ser domadores o gladiadores en vez de matadores de toros, si los aficionados se ponen de parte de la falsedad contada por muchos “juntaletras”, si los intereses económicos de los empresarios priman de una forma despiadada sobre la pureza del rito y si las autoridades no velan por la autenticidad del rito y ejercen una labor docente. Con todo, y en España siempre se ha tenido claro, la ayuda de personas relevantes del mundo de las letras, las artes y las ciencias defendiendo nuestra tradición y los elementos artísticos que la caracterizan, ha ejercido de ayuda fundamental para la pervivencia de este rito secular. Un artículo de Umbral o una conferencia de Boadella han hecho más por la defensa de los toros que muchas temporadas completas de muchos diestros, y ese mérito no ha sido suficientemente reconocido por parte de los toreros y sus entornos. El día que el toreo no encuentre la palabra docta, bella y acertada por parte de los intelectuales comenzará el declive del mismo. Y a la historia nos remitimos.[12] Manolete, compendio de todas las características que hemos significado para definir a un torero como artista, se convirtió en un mito, no sólo por su vida lograda y su muerte trágica en los ruedos, sino también porque tuvo la suerte de que los escritores y pintores, glosaran y dibujaran sus hazañas y figura.




Muestra de ello este precioso soneto de nuestro admirado poeta y fiscal Guillermo Sena:

Su figura de estoica valentía
daba en el ruedo pundonor y embrujo,
vistiendo sus faenas con lujo
de su firme presencia y su hidalguía.

No le era ajena la melancolía
de saber que la muerte en tiempo brujo,
fúnebremente su fulgor condujo
a la leyenda y a la lejanía.

Es difícil burlarse de la muerte
teniendo enfrente al toro enfurecido
soñando la trágica cornada.

Es difícil mostrarse otra vez fuerte
cuando vuelves de un tiempo pretérito
toreando tenazmente con la nada.[13]

Es necesario también que reflexionemos finalmente sobre las personas que se acercan al rito taurino. ¿Es una minoría docta la que sustenta el rito pero lo hace inviable? O ¿es el gran público el que mantiene el espectáculo y por tanto tiene derecho a pervertir la esencia del rito?
Mi posición se sustenta en la creencia de que es una minoría la que sustenta su creencia en la verdad del rito taurino que contiene en algunas ocasiones un sentido poético que lo convierte en arte, pero son una mayoría los que se acercan a lo espectacular del rito. Éstos últimos no persiguen entenderlo pero sí entienden su papel de gran público que sustenta la mayoría de las corridas de toros.
Sobre esta última afirmación, me gustaría hacer una serie de reflexiones. Como aficionado a los toros no me gusta que el gran público se acerque a este mundo por ser uno más de los espectáculos de masas que pueden comprarse, y que más que una ganancia emocional puede proporcionarle una ganancia social. En determinados ambientes, algunas corridas de toros son auténticos eventos sociales que atraen en gran manera a todas las personas que persiguen una forma de estar y parecer en la sociedad, que les proporciona notoriedad a la vez que cierta distinción. Todos estos aditamentos restan verdad al rito y asfixian el sentido poético del toreo. Desde esas posiciones se defiende esa forma de estar en los toros con argumentos muy rudimentarios, como son la libertad de elección de cualquier individuo consumidor y la práctica y efectiva manutención de este mundo taurino tan dado a los desmanes económicos. Seguir por esta senda de mantenimiento del rito taurino gracias a la inyección económica del gran público puede pervertir definitivamente la esencia del mismo, ya que lo que primará no serán los postulados que dan autenticidad al rito sino los que atraigan al gran público que es el que paga y según ellos debe mandar. Considero que esta vía no es la más acertada. Como otras manifestaciones artísticas, como la danza o el teatro, los toros viven sólo de lo que se hace en el presente y por tanto hay que repensar en lo que debe ser el futuro de lo taurino.
El rito taurino con afán artístico sólo podrá pervivir, bajo mi modesta opinión, si somos capaces de hacer los aficionados una labor docente y si por otro lado, como en otros ritos que perduran en el presente, se huye del consumismo y se arroja sensatez en la economía de este mundo. Los protagonistas no deben ser todos ricos y no debe haber tanto número de eventos taurinos. El órdago a los protagonistas de los toros está echado, y sólo nos queda a los aficionados intentar seducir con lo valioso.





[1] Diccionario de la Tauromaquia. Marceliano Ortiz Blanco. Editorial Espasa. Madrid 1995.
[2] Esta cita la he encontrado en el libro de José María Moreira, “Historia, cultura y memoria del arte de torear”, de Alianza Editorial, publicado en Madrid en 1994.
[3] José Ortega y Gasset. “Sobre la caza, los toros y el toreo”. Revista de Occidente en Alianza Editorial. Madrid 1960.
[4] Andrés Amorós. “Ignacio Sánchez Mejías”. Alianza Editorial. Madrid 1998.
[5] Juan Carlos Illera del Portal es Profesor Titular y Director del Departamento de Fisiología Animal de la Facultas de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid. No se reconoce como aficionado a los toros, pero sus estudios lo han convertido en un referente básico entre los que aman la tauromaquia, a la vez que el blanco de todo tipo de críticas por parte del sector denominado “antitaurino”.
[6] Andrei Tarkovski. “Esculpir en el tiempo”. Editorial Rialp. Madrid 1991.
[7] Información que ha sido entresacada de la definición de arte encontrada en http://es.wikipedia.org/wiki/Arte
[8] Víctor Gómez Pin. Reflexiones sobre José Tomás. Editorial Espasa. Madrid 2002.
[9] Albert Boadella. Reflexiones sobre José Tomás. Editorial Espasa. Madrid 2002.
[10] El Cossío, volumen 7 titulado “La Fiesta I”, sección “Del valor y del arte”, capítulo “Con Lagartijo empieza a hablarse de Arte en los toros”, página 126. Versión para el diario “ABC”. Editorial Espasa, Madrid 2000.
[11] Cita encontrada en el libro de Manuel Chaves Morales, “Juan Belmonte, matador de toros. Su vida y sus hazañas”, de Alianza Editorial y publicado en Madrid en 1969.
[12] Quien esté interesado en conocer en detalle este tema, recomiendo mi discurso de ingreso a la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas titulado “Los toros en la literatura”, que se puede encontrar en su totalidad en la página web: www.medicosescritoresyartistas.com en su sección publicaciones on-line.
[13] “Manolete” In memoriam. Sonetos de Guillermo Sena y Dibujos de David Zafra. Granada 2007.