sábado, 21 de enero de 2012

i-pacientes

La enfermedad durante muchos siglos fue cosa de dos: el enfermo y el médico. La persona quebrada en su salud acudía a relatarle al profesional la historia de su enfermedad. La palabra era el gran instrumento con el que contaban los dos. La comunicación entre ambos semejaba al encuentro íntimo entre dos personas que compartían lo más importante de ambas. Las palabras adquirían el valor de lo imprescindible para poder transmitir el mal y buscarle solución al mismo. La estructura narrativa del relato de la enfermedad por parte del paciente convertía al médico en un auténtico experto en la literatura esencial de los cuerpos y las almas. Analizando cada relato podía llegar a lo relevante de la enfermedad de la persona en concreto, y convertir sus palabras en síntomas y signos, que ayudarían de forma indispensable a construir un diagnóstico que le procurara una posible respuesta en forma de tratamiento por parte del médico. La palabra era el centro de este encuentro. Mimando las palabras se cuidaba a los hombres.
El desarrollo tecnológico que las diferentes ciencias estaban procurando a lo largo de los siglos, llegó a sus más altas cotas de éxito en el siglo XX. La tecnología puso a disposición de la ciencia médica lo que se vino en llamar “tecnologías diagnósticas”. A través de diferentes pruebas podíamos conocer realidades internas del hombre sin poner en peligro su integridad,  con las pruebas de laboratorio o las pruebas radiológicas. A partir del 1895 de la mano de Roetgen y el descubrimiento de los rayos X, el cuerpo del hombre comenzó a convertirse en visible. Todo un cambio de paradigma que revolucionó las posibilidades de estudio del paciente. La palabra no era la única transmisora de información en el proceso de enfermar. Muchas veces ya se convirtió en espectadora silenciosa. El cuerpo humano paso de ser el protagonista a convertirse en un auténtico “objeto” de estudio por parte del médico que se valía de las nuevas pruebas diagnósticas.
Desde ese preciso momento el encuentro entre el médico y el enfermo se vio modificado en su esencia, la tecnología era un invitado imprescindible y permanente. A veces, ella se convertía en la amiga necesaria y en otras ocasiones sólo en la “cotilla” prescindible. En todo caso, ya nada volvió a ser igual. La tecnología invadió la Medicina y silenció la palabra, menospreció el tacto y restó valor a la mirada. Era el pago necesario para valerse de los beneficios de convertir al hombre enfermo invisible en sujeto biológico visible. Desapareció para siempre la intimidad entre los protagonistas del proceso de enfermar y sanar.
El escritor y médico Abraham Verghese describe en el siguiente video este extraño y nuevo mundo en el que los pacientes se han convertido en simples datos. Es el padre del concepto "i-patient". Su apuesta es por el acercamiento del médico al enfermo a través del tacto, la exploración.
Cercana la aparición de mi libro "Medicina Basada en el Humanismo", considero que este video transmite bien la senda que debemos recuperar los médicos interesados en el hombre.