miércoles, 17 de agosto de 2011

José Tomás: levántate y anda

El toreo es el arte de la vida que necesita de la muerte para ser verdad. No hay toreo sin verdad, ni vida sin su sentido trágico. Los pueblos han renegado de la verdad del día a día, pero siempre han necesitado la permanente. La cobardía cotidiana cada vez se hace menos soportable en nuestra sociedad y otorgamos a unos privilegiados el honor de recordarnos que la vida merece la pena ser vivida desde la verdad. La figura del torero cada vez es más necesaria en una sociedad como la nuestra de hombres de pequeña estatura moral y miedo agigantado, que sólo dan para una película de las baratas, y además subvencionada.
Los griegos, ahora fotografiados como pueblo ignorante y tramposo, parieron en gran parte a nuestra civilización occidental. En ese parto se alumbró la figura del mito, que engrandece a los pueblos y orienta a los despistados. También nos hablaron de  héroes y epopeyas que nos deben acompañar hasta el final de los días. En el héroe nos reconocemos todos, como el hombre que pudimos ser y no tuvimos los cojones suficientes de serlo. El héroe en muchas ocasiones se ha convertido en mito con la ayuda inestimable de la solícita muerte. El pago ha sido siempre demasiado elevado: la propia vida. Algunos toreros han trascendido a su tiempo, y no sólo representaron a un héroe de su época, sino al mito de una tradición centenaria. Su sangre en el ruedo, su último hálito de vida vestidos de torero los hicieron crecer para la eternidad. Manolete se quitó los ropajes de héroe en Linares, y se convirtió en un mito para todos en el Hospital de los Marqueses.
.Aguascalientes fue el Linares de José Tomás. En el camino se cruzaron unos cirujanos, que como ángeles de la guarda, impidieron que el héroe se desangrara y adquiriera el rostro frío de un mito.
El maltrecho diestro de Galapagar desde aquel día tenía que pasar su particular camino hacia el Gólgota. Pudo elegir el camino, plano y sin obstáculos. El de la retirada justificada y merecida. Optó por uno diferente., el de la heroicidad, el de plantarle cara a la adversidad, el del camino pedregoso y empinado. El primero corresponde a los hombres que se alivian en la vida, y el segundo es el de los gigantes.
En el toreo actual hay demasiado cartón-piedra, mentiras enredadas, pícaros con gomina y toreros con muleta de diseño. Los aficionados quieren encontrar a sus héroes ahora más que nunca. A los que desprecian su vida por motivos superiores y se ríen del dinero y de su sombra, a los que la podrida televisión les produce urticaria, a los que les gusta el campo, aman al toro, y se atreven con unos endebles engaños a introducir no sólo emoción, sino  también belleza, arte y verdad.
Valencia ha sido la nueva primera estación de la subida a su calvario particular. No quiere renunciar a la responsabilidad que le ha otorgado la Historia. A sabiendas de que el precio es muy alto, no se rinde y obliga a su cuerpo maltrecho a dignificar la vida. Más ahora que nunca, José Tomás representa lo sublime de la vida humana. Apostar por la verdad, por el camino de la belleza y el arte, con las limitaciones de un cuerpo físicamente menguado, y un espíritu de gigante. La salvación del toreo pasa por la apuesta radical de personas como José Tomás que saben aplazar su recompensa y no renuncian a su obligación de vivir.
De malva y oro, quiso vivir en Valencia una estación más en su difícil camino. Quince meses después de aquella fatídica tarde mexicana, José Tomás volvió a degustar los sinsabores de una profesión que sólo se puede ejercer desde la vocación. El segundo toro de su lote, de la ganadería del Pilar, quiso que descendiera al infierno de nuevo, pero la vida le ofreció un nuevo quite. Sin perderle la cara al toro,  siguió apostando por su toreo eterno.
Jesús lloró frente al cuerpo sin vida de su amigo Lázaro. Era demasiado bueno para morir tan pronto. A la voz del Maestro, Lázaro se despojó de ropajes innecesarios y se lanzó a la vida. Todos los que amamos el mundo del toreo y de los toros, gritamos a José Tomás: levántate y anda.

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