lunes, 23 de mayo de 2011

#Spanishrevolution

La primavera ha dejado de ser adolescente. Mayo estaba harto de una edad del pavo que estaba durando demasiado. Los españoles no podían seguir más tiempo mirándose al espejo y han optado por ir a sentarse a las plazas de sus ciudades. Sentarse en la plaza del pueblo se ha constituido en el nuevo gesto revolucionario de una sociedad que tenía atoradas sus tragaderas.
La Puerta del Sol estaba demasiado acostumbrada al trasiego de la gente, a las uvas de fin de año, al kilómetro cero y las vomitonas de todo tipo de excesos, pero no sabía que los ciudadanos “indignados” la iban a invitar a ser la anfitriona de lo que ha se ha venido a denominar “#Spanishrevolution”. Nombre excesivo, para un cabreo mayúsculo, de tantos y por tanto, que ha guardado como ropa de invierno la triste y monótona actualidad nacional, que a fuerza de ser pobre en registros se había convertido en el hilo musical de una funeraria cualquiera.
En este Mayo 11, los jóvenes no han querido ocupar la universidad como hicieron los franceses en su Mayo del 68. Se han saltado ese paso, la universidad es demasiado gris y triste, como para albergar una revolución. Como en aquel Mayo de “Dany el rojo” y compañía, el mercado laboral ha excluido a millones de jóvenes, la civilización occidental  se juega su liderazgo en demasiados campos y países, la cultura y la opinión van a  velocidad de ADSL, y los sindicatos y los partidos políticos no tienen quien les escriba.
En España nos sobran los motivos. No necesitamos la arenga de un líder de la resistencia francesa ni la de un juez estrella perdido en su propio laberinto, para buscar hueco en la plaza del pueblo. Nos hemos despertado de nuestra siesta.
La mayoría de la ciudadanía está cabreada con que en estos tiempos de marejada diaria, y tempestad semanal, los damnificados sean los de siempre: los más débiles. Los débiles se han convertido en multitud en la actualidad y no quieren seguir perdiendo la partida.
Nadie se atrevía dar el paso, pero llegó el día. El pasado 15 de Mayo un grupo reducido de jóvenes abrió las puertas. Eran tantas las ganas de participar, que todavía no ha dado tiempo para elegir la música, la letra y los componentes del grupo. Algunos han intentado apoderarse de alguna de las patas de la mesa, otros han querido imponer un mantel determinado, y los más radicales han querido confeccionar su sectaria lista de invitados. Ahora ya no se pueden cerrar las puertas, estamos todos invitados.
En España no nos indignamos, nos cabreamos. El cabreo llegó de la mano insolidaria de los poderes económicos que fomentaron el marisco y el champán cuando la cosa daba para cerveza y espeto de sardinas, y ahora quieren que paguemos todos la cuenta. También de nuestras clases dirigentes, políticos y responsables varios, que eligieron al embudo como animal de compañía. Han pasado demasiado tiempo mirando por el agujero ancho, mientras a nosotros nos han dejado el estrecho. Gentes mediocres que entendían que la sociedad debía premiarlos con privilegios. Pudimos llegar hasta aquí por la ayuda inestimable de algunos medios de comunicación que encontraron en princesas vulgares del pueblo, supervivientes de cartón-piedra y en informativos que eran una crónica de sucesos, su pasaporte para su salvación. El precio a pagar ha sido demasiado alto: la vulgaridad y la indolencia.
La sociedad cabreada transitaba por caminos que no eran los estrictamente ortodoxos. Abandonaron las autopistas de pago a las que nos invitaban. Comenzaron en los cafés, en las salas de estar, en las calles, en las cervecitas de  después del partido de fútbol, y fundamentalmente en las redes sociales, la clase “business” de los desfavorecidos. De esta forma han llegado a la Puerta del Sol. Los políticos siguen montados en su coches oficiales de motor de cuatro tiempos, y los jóvenes vuelan por la fibra óptica. Es una cuestión de velocidad.
En esta “#Spanishrevolution” cabemos todos los que no queremos seguir así. Liberales, comunistas, social-demócratas, democristianos, socialistas y demás especies de pensamiento, podemos construir un nuevo modelo democrático más integrador, menos excluyente, más participativo, maduro, menos economicista y más real y cercano. Severo con el autoritario y el corrupto y dulce con el débil.
No sabemos cómo acabará este movimiento ciudadano. Sabemos de  dónde partió pero no sabemos a donde llegará. Soñamos con un destino  más justo, donde la libertad y la dignidad de las personas sea su seña de identidad.
Después de los resultados electorales de la pasada jornada, algunos políticos han celebrado su victoria en las urnas y otros bebieron sus lágrimas en su derrota. Lo que seguro tendrán que hacer todos los políticos, es comenzar a utilizar  Twitter no sólo para colgar sus fotos de los mítines, sino para escuchar a la nueva realidad social española. Si no lo hacen, que miren lo que le pasó a De Gaulle y conocerán su futuro. O sea.